Aún me entra cielo azul
y lo miro en mis charcos
reflejado a jirones.
Pídeme que esté alegre.
Si tú me lo pidieras,
en un caballo blanco subiría,
en un caballo bravo y montaraz.
Pídeme que esté alegre
y correré a ponerme
atavíos de fiesta,
abriré las cien puertas de mi casa
y saldré entre piruetas
y saltos de través
aturdida de sol,
y a las verdes palomas
daré migas de pan.
Pídeme que esté alegre.
En un caballo blanco correría,
en un caballo loco y montaraz,
si tú me lo pidieras.
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La hermana pequeña
INÉS: Estabas enamorada de él, ¿verdad?
LAURA: Creo que sí. Un día le dije «te quiero, te quiero, te quiero», así seguido..., muchas veces, y se puso muy serio, ni siquiera los ojos le reían. Me tapó la boca; decía que no me echara una piedra al cuello con aquellas palabras , que me iban a esclavizar.
LAURA: Creo que sí. Un día le dije «te quiero, te quiero, te quiero», así seguido..., muchas veces, y se puso muy serio, ni siquiera los ojos le reían. Me tapó la boca; decía que no me echara una piedra al cuello con aquellas palabras , que me iban a esclavizar.
La hermana pequeña
LAURA: Yo lloraba, ¡uf, no sabes cómo lloraba!, y me dijo: «Niña, solamente lloras porque estoy yo aquí mirándote y te sirvo de espejo. Nunca se llora sin espejo. Cuando me vaya, llorarás menos, pero entonces aprenderás a estar sola, que es como hay que estar.»
La hermana pequeña
INÉS: La edad no importa nada.
BERTA: ¿Cómo que no? Es lo que más importa. ¿Qué cavilaciones se van a tener a los veintidós años? Pero es que os empeñáis en haceros viejos antes de tiempo. Talo igual; pensáis demasiado los jóvenes. Es una epidemia.
INÉS: Pues a mí me parece que vivimos aturdidos, como enganchados en una noria: de pararse a pensar no hay tiempo.
BERTA: Ya os pararéis. Luego, cuando menos lo piensas, la vida te para en seco. Venga, vamos fuera. Y haz un esfuerzo por poner otra cara más alegre.
INÉS: ¿En nombre de qué?
BERTA: ¡En nombre de los demás! ¿Te parece poco? Por no destruir la alegría de los demás.
INÉS: Perdone, Berta, pero eso no es alegría. Es lluvia artificial.
BERTA: Hija, calla, por Dios. Me has recordado a tu hermana. Hasta la misma voz sacas algunas veces. Y sin embargo... Es curioso. Me acuerdo de la primera vez que Talo, hace unos meses, me habló de ti. Estábamos sentados aquí mismo. Dijo: "Es tan distinta a Laura."
INÉS: Sí; desde luego, todos somos bastante distintos de ella.
BERTA: ¡Gracias a Dios! ¿O es que aún la defiendes?
INÉS: No necesita que nadie la defienda.
BERTA: Pero tú lo haces. ¿No te acuerdas del daño que te hizo?
INÉS: Laura es así, pero incluso cuando hace daño...
BERTA: ¿Y cuándo hace otra cosa? Di, ¿cuándo ha hecho otra cosa que no sea daño? Perdona. Sé lo que te duele hablar de ella; y también comprendo que la vida la pudo tratar duramente. Pero ya ahora, ¿qué razón hay para que siga amargada, a pesar de sus éxitos?
INÉS: No está amargada.
BERTA: ¡Sí lo está! Y es cruel. ¡No tener ni siquiera con su única hermana un mínimo de delicadeza, de piedad...!
INÉS: Con tanta piedad, el muno se llena de personas que crecen sin quitarse los andadores de niño pequeño. Laura quería que aprendiera yo sola a vivir. A mucha gente le haría falta tener una madre como ella.
BERTA: ¿Una madre como Laura? ¿Qué quieres decir? ¿A quién podría hacerle falta?
INÉS: ¡A Gonzalo mismo, perdone que se lo diga!
BERTA: ¿A Gonzalo? ¿Cómo se te ocurre pensar en un disparate semejante?
INÉS: Sí, ya sé que parece un disparate. Usted se desvive por él, le tapa los miedos, las dudas, todo lo que Laura dejaría al descubierto, pero...
BERTA: ¿Pero qué?
INÉS: Que los débiles sólo podemos cicatrizar al descubierto. Yo lo sé por mí. No sirven de nada los emplastos.
BERTA: ¿Cómo que no? Es lo que más importa. ¿Qué cavilaciones se van a tener a los veintidós años? Pero es que os empeñáis en haceros viejos antes de tiempo. Talo igual; pensáis demasiado los jóvenes. Es una epidemia.
INÉS: Pues a mí me parece que vivimos aturdidos, como enganchados en una noria: de pararse a pensar no hay tiempo.
BERTA: Ya os pararéis. Luego, cuando menos lo piensas, la vida te para en seco. Venga, vamos fuera. Y haz un esfuerzo por poner otra cara más alegre.
INÉS: ¿En nombre de qué?
BERTA: ¡En nombre de los demás! ¿Te parece poco? Por no destruir la alegría de los demás.
INÉS: Perdone, Berta, pero eso no es alegría. Es lluvia artificial.
BERTA: Hija, calla, por Dios. Me has recordado a tu hermana. Hasta la misma voz sacas algunas veces. Y sin embargo... Es curioso. Me acuerdo de la primera vez que Talo, hace unos meses, me habló de ti. Estábamos sentados aquí mismo. Dijo: "Es tan distinta a Laura."
INÉS: Sí; desde luego, todos somos bastante distintos de ella.
BERTA: ¡Gracias a Dios! ¿O es que aún la defiendes?
INÉS: No necesita que nadie la defienda.
BERTA: Pero tú lo haces. ¿No te acuerdas del daño que te hizo?
INÉS: Laura es así, pero incluso cuando hace daño...
BERTA: ¿Y cuándo hace otra cosa? Di, ¿cuándo ha hecho otra cosa que no sea daño? Perdona. Sé lo que te duele hablar de ella; y también comprendo que la vida la pudo tratar duramente. Pero ya ahora, ¿qué razón hay para que siga amargada, a pesar de sus éxitos?
INÉS: No está amargada.
BERTA: ¡Sí lo está! Y es cruel. ¡No tener ni siquiera con su única hermana un mínimo de delicadeza, de piedad...!
INÉS: Con tanta piedad, el muno se llena de personas que crecen sin quitarse los andadores de niño pequeño. Laura quería que aprendiera yo sola a vivir. A mucha gente le haría falta tener una madre como ella.
BERTA: ¿Una madre como Laura? ¿Qué quieres decir? ¿A quién podría hacerle falta?
INÉS: ¡A Gonzalo mismo, perdone que se lo diga!
BERTA: ¿A Gonzalo? ¿Cómo se te ocurre pensar en un disparate semejante?
INÉS: Sí, ya sé que parece un disparate. Usted se desvive por él, le tapa los miedos, las dudas, todo lo que Laura dejaría al descubierto, pero...
BERTA: ¿Pero qué?
INÉS: Que los débiles sólo podemos cicatrizar al descubierto. Yo lo sé por mí. No sirven de nada los emplastos.
La hermana pequeña
LAURA: Todo el mundo está solo, Inés. No somos una excepción tú y yo.
INÉS: Pero no lo digas así. Hablas como si no tuviera remedio.
LAURA: El único remedio de la soledad es aceptarla, bonita. Vamos, ¿qué te pasa? ¿Ya estás llorando otra vez? Anda, no llores...
INÉS: Estoy muy triste. ¿Es que tú nunca estás triste?
LAURA: Chica, sí; pero ¡qué más da! Me voy a la calle y me monto en un tranvía y me pongo a pensar que toda la gente que se roza conmigo tendrá problemas igual que yo, y me doy cuenta de que ninguno va llorando. Fíjate si toda la gente fuera llorando por la calle, qué clamor de locos, ¿no? Pues cuando uno está solo en casa, Inés, lo mismo. Igual que en la calle hay que hacer: el mismo ejercicio de aguantar sin brío. ¿Entiendes?
INÉS: Sí. Pero ¡qué difícil!
LAURA: Mucho. Es un equilibrio inestable el de vivir. Como ir por una cuerda floja. No vale ni caerse ni agarrarse. Y a veces da vértigo.
INÉS: Pero no lo digas así. Hablas como si no tuviera remedio.
LAURA: El único remedio de la soledad es aceptarla, bonita. Vamos, ¿qué te pasa? ¿Ya estás llorando otra vez? Anda, no llores...
INÉS: Estoy muy triste. ¿Es que tú nunca estás triste?
LAURA: Chica, sí; pero ¡qué más da! Me voy a la calle y me monto en un tranvía y me pongo a pensar que toda la gente que se roza conmigo tendrá problemas igual que yo, y me doy cuenta de que ninguno va llorando. Fíjate si toda la gente fuera llorando por la calle, qué clamor de locos, ¿no? Pues cuando uno está solo en casa, Inés, lo mismo. Igual que en la calle hay que hacer: el mismo ejercicio de aguantar sin brío. ¿Entiendes?
INÉS: Sí. Pero ¡qué difícil!
LAURA: Mucho. Es un equilibrio inestable el de vivir. Como ir por una cuerda floja. No vale ni caerse ni agarrarse. Y a veces da vértigo.
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