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La casa y la ciudad

Me caso con él por las siguientes razones, que he examinado atentamente una por una. Porque quiero tener hijos. Porque ya tengo treinta y tres años. Para dar una alegría a mi padre. Porque podré seguir ocupándome de mi casa hasta que mis hermanos crezcan, ya que mi casa y la de los Mazzeta sólo se encuentran separadas por un patio. Porque a nadie se le ha ocurrido nunca casarse conmigo y a Mazzeta sí. Porque es una buena persona. Siempre que mi padre le ha pedido dinero prestado se lo ha dado y nunca se ha enfadado porque no se lo devolviera, sino que ha seguido viniendo de vez en cuando a nuestra casa después de cenar a jugar a la escoba y a charlar con mi padre, y eso que charlar con él no es nada fácil, porque hay que repetirle las cosas un montón de veces. Porque soy pobre. Cuando me case no seré rica, pero seré menos pobre. Porque aquí, en Luco, llevo una vida muy dura y pienso, no sé si me equivoco, que cuando esté casada será más liviana.
Nino Mazzeta se casa conmigo por las siguientes razones, que me ha enumerado una por una. Porque no le parezco fea. Porque soy de costumbres sencillas. Porque no le intimido, aunque yo sea licenciada en filología y él sólo haya estudiado hasta quinto de Básica. Su mujer muerta le intimidaba, aunque ella sólo hubiera estudiado hasta tercero de Básica. Era de carácter pendenciero y no fueron nada felices. Porque toco la flauta. Porque cocino mal y a él le gusta comer bien, pero piensa que con un libro de cocina aprenderé enseguida. Porque me conoce desde que era pequeña. Porque conoce bien a mi familia.
También yo le conozco desde que era pequeña, pero a mí eso no me agrada demasiado. Me parece que tengo el futuro pegado a las suelas de los zapatos.

Burguesía

Se ha ido con Aldo -dijo Pietro-. Hacían el amor desde hace un mes o dos. Me lo dijo Ombretta. Vino a decírmelo. También Ombretta se acostaba con Aldo. Por eso tenía la llave. Cuando llegó Domitilla le pregunté si era verdad que se acostaba con Aldo y dijo que sí, que era verdad. Desde hacía un mes, dos meses. No se acordaba. Para ella no tenía importancia, dijo. Pero estaba mal conmigo. Ya no sabía por qué se había casado conmigo, dijo. Le di una bofetada. Se quedó igual, tranquila, pálida, se puso las botas. Salió, después volvió. Me dijo que ella y Aldo iban al Circeo. Los padres de ella tienen una casa allí. Me preguntó si quería despedirme de Aldo. Pero yo no tenía ganas de despedirme de él. Tampoco de pegarle. Nada. Me senté aquí. He pasado la noche aquí. Oí trajinar en el piso de arriba. Después me dormí. Me parece raro que me durmiera, pero me dormí, caí en el sueño como se cae en un precipicio. Al despertarme oí el ruido de una moto en la calle. Era de madrugada. Los vi irse en la moto, ella con una mochila a la espalda. El perro no estaba. No sé qué han hecho con el perro.

Burguesía

A ella le gustan los gatos -dijo-. Y también los perros. Todos los animales. Monta a caballo. Es valiente, incluso ha ganado carreras. Tiene copas y medallas. Siempre gana. Es de los que ganan. Quizá nos cambiemos de casa. No le gustan las escaleras de caracol. No le gustan los áticos. Le gustan las plantas bajas. Tendré que buscar una planta baja, con jardín. Le gustan los árboles, el campo, y en la ciudad, los jardines. O más bien cre que ama los jardines, pero en realidad no ama nada excepto a sí misma.

Burguesía

"Pobres de nosotras, las mujeres -dijo-. Nos chupan la sangre. Nos pisotean. No nos miran a la cara durante años y de repente nos miran y se sorprenden de que tengamos arrugas, los ojos cansados, el pelo sin vida". "Pero tú no tienes el pelo sin vida", dijo Ilaria. La Rirí se recompuso el moño. "No se nota tanto que está sin vida porque me lo peino así. Pero está sin vida. Por la noche cuando me lo suelto y me lo toco me da pena".

El camino que va a la ciudad

Cuando volví a casa ya era de noche y mi padre me preguntó dónde había estado. Le contesté que Azalea me había llamado, y Giovanni le dijo que era verdad. Mi padre dijo que podía ser verdad, pero que él no sabía nada, que le habían contado que iba por ahí con el hijo del médico y que si era cierto me rompería la cara de un bofetón. Le contesté que no me importaba y que yo hacía lo que me daba la gana, pero después me dio un ataque de rabia y arrojé la sopa al suelo. Me encerré en la habitación y me pasé dos o tres horas llorando, hasta que Giovanni me gritó desde el otro lado de la pared que me callara de una vez y los dejase dormir, que tenían sueño. Pero yo seguía llorando y el Nini vino hasta mi puerta y dijo que si le abría me daría chocolatinas. Entonces le abrí y el Nini me llavó ante el espejo para que me viera la cara hinchada, y me dio chocolatinas y dijo que se las había regalado su novia. Le pregunté cómo era su novia y por qué no me la presentaba, y me dijo que tenía alas, cola y un clavel en el pelo.

El camino que va a la ciudad

Había llegado el verano y empecé a pensar en arreglar todos mis vestidos. Le dije a mi madre que necesitaba tela azul celeste y ella me preguntó si me creía que tenía la cartera llena de millones, pero entonces yo le dije que también necesitaba unos topolinos y que no podía pasar sin ellos, y le dije: <>. Me gané una bofetada y me pasé un día entero llorando encerrada en la habitación. Pedí el dinero a Azalea, que a cambio me mandó al número veinte de la calle Genova a preguntar si Alberto estaba en casa. Me enteré de que no estaba en casa, volví para decírselo y me dio el dinero. Durante algunos días me quedé en la habitación cosiendo el vestido y casi no me acordaba de cómo era la ciudad. Cuando terminé el vestido me lo puse y salí a pasear, y el hijo del médico apareció rápidamente a mi lado, compró pastas y nos fuimos a comerlas al pinar. Me preguntó qué había hecho encerrada en casa todo aquel tiempo, pero le dije que no me gustaba que la gente husmease en mis asuntos. Entonces me pidió que no fuera tan mala. Después intento besarme y yo me escapé.

El camino que va a la ciudad

-El Nini bebe aguardiente -le dije.
Se encogió de hombros con indiferencia.
-Algo hay que hacer para no aburrirse -dijo.
-Sí, la gente se aburre. ¿Por qué nos aburrimos tanto? -pregunté.
-Porque la vida es estúpida -me dijo, apartando el plato-. ¿Qué se le va a hacer? Nos cansamos pronto de todo.
-Pero ¿por qué nos aburrimos siempre tanto? -le pregunté al Nini por la tarde, mientras volvíamos a casa.
-¿Quién se aburre? Yo no me aburro en absoluto -dijo, y se echó a reír cogiéndome del brazo-. Así que te aburres. ¿Y por qué? Si todo es fantástico.
-¿Qué es fantástico? -le pregunté.
-Todo -me dijo-, todo. todo lo que veo me gusta. Hace un rato me gustaba pasear por la ciudad, ahora camino por el campo y también me gusta.