De esta manera, este mundo por el que paso se deforma y se acumula dentro de mí, hasta el punto de no poder reconocerlo, convertido en un álbum de imágenes inconexas y extrañas, congeladas y fragmentarias, y en una sucesión de estados emocionales que dependen más de mí que de él. No obstante, algunas raras ocasiones, el mundo se revela de repente a través de un movimiento tan asombroso, con leyes tan acordes con mi devenir, que mi atención irrumpe de golpe en un estado de intensa concentración y sobreexcitación en el que cada gesto, cada sonido y cada color quedan grabados para siempre, sin la más mínima posibilidad de olvidarlos jamás. En esos momentos todo parece tan distinto de lo que experimento habitualmente y de cómo vivo cada día, que pienso con horror que sólo existo de verdad en esas raras ocasiones de explosión interna y que, en realidad, sólo he vivido en esta tierra unas veinte o treinta horas.
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Salvaje como el viento
Salvaje como el viento, y arisca,
y triste a veces
como un rezo a la muerte,
y otras veces dichosa, y transparente,
y otras veces turbia
como esos charcos donde nadie bebe.
Naranja salvaje, verde agria,
y otras veces dulce,
roja por dentro
como tal vez fueran algunas
de las que rezuman en el monte
y nadie prueba.
Salvaje,
como mi cabello de batalla de insomnio,
como mis uñas mordidas como mis cejas rebeldes,
y otra vez tierna
con la voz ausente.
Salvaje,
como la garra en la que estrujaría mi corazón
cuando se encierra en víscera.
como la despavorida coraza de la selva.
Como el tigre en disentida mancha
tras la presa.
Como el asombro de Adán
ante el rostro espiral de la tormenta.
Como mi deseo si alguna vez se despertara
y no hallara la multitud en torno.
Como el gozo que entrecierra mis ojos
y abre las puertas de mi grito de par en par.
Como el dolor que me atraviesa
con sus crines mordidas por el fuego.
Con el infinito miedo de mis noches
poblándose de monstruos.
Como mi impulso frenético de golpear o besar,
y a veces recogida como un murmullo al sol,
y a veces abandonada
y a veces abandonada y quieta
como la certeza del amor,
y silenciosa,
como la alcoba de mis horas
entreabriendo furtiva a la sorpresa.
Salvaje como mi audacia,
y otras veces miedosa y tímida y cubierta,
y otras veces
con la impudicia latiendo a flor de ropa.
Salvaje
deshaciéndome de mí misma,
y aullando y resonándome despedazada y estremecida
y tensa entre el lino dormido de las sábanas.
Fruta roída,
y otras veces intacta,
semilla, pulpa, zumo, toda guardándome
para la augusta nada.
Naranja salvaje, verde, agria,
con dolor de colores en la cáscara,
y algunas veces dulce,
increíble
y algunas veces,
cuando nadie me prueba,
miel y lágrima.
y triste a veces
como un rezo a la muerte,
y otras veces dichosa, y transparente,
y otras veces turbia
como esos charcos donde nadie bebe.
Naranja salvaje, verde agria,
y otras veces dulce,
roja por dentro
como tal vez fueran algunas
de las que rezuman en el monte
y nadie prueba.
Salvaje,
como mi cabello de batalla de insomnio,
como mis uñas mordidas como mis cejas rebeldes,
y otra vez tierna
con la voz ausente.
Salvaje,
como la garra en la que estrujaría mi corazón
cuando se encierra en víscera.
como la despavorida coraza de la selva.
Como el tigre en disentida mancha
tras la presa.
Como el asombro de Adán
ante el rostro espiral de la tormenta.
Como mi deseo si alguna vez se despertara
y no hallara la multitud en torno.
Como el gozo que entrecierra mis ojos
y abre las puertas de mi grito de par en par.
Como el dolor que me atraviesa
con sus crines mordidas por el fuego.
Con el infinito miedo de mis noches
poblándose de monstruos.
Como mi impulso frenético de golpear o besar,
y a veces recogida como un murmullo al sol,
y a veces abandonada
y a veces abandonada y quieta
como la certeza del amor,
y silenciosa,
como la alcoba de mis horas
entreabriendo furtiva a la sorpresa.
Salvaje como mi audacia,
y otras veces miedosa y tímida y cubierta,
y otras veces
con la impudicia latiendo a flor de ropa.
Salvaje
deshaciéndome de mí misma,
y aullando y resonándome despedazada y estremecida
y tensa entre el lino dormido de las sábanas.
Fruta roída,
y otras veces intacta,
semilla, pulpa, zumo, toda guardándome
para la augusta nada.
Naranja salvaje, verde, agria,
con dolor de colores en la cáscara,
y algunas veces dulce,
increíble
y algunas veces,
cuando nadie me prueba,
miel y lágrima.
Sin saber
Evidentemente no me parezco
a ninguno de esos hilanderos de palabras
que se hacen los trajes y las carreras de ganchillo,
las glorias, los orgullos,
aunque me muevo entre ellos
y ellos miran mis palabras como si fueran jerseis,
"-¡Qué bien vestida vas!", me dicen.
"-¡Qué bien te queda el poema!",
sin saber
que los poemas no son mis vestidos,
sino el esqueleto
extraído con dolor
y colocado encima de la carne como un caparazón,
siguiendo el ejemplo de las tortugas
que así sobreviven
largos e infelices
siglos.
a ninguno de esos hilanderos de palabras
que se hacen los trajes y las carreras de ganchillo,
las glorias, los orgullos,
aunque me muevo entre ellos
y ellos miran mis palabras como si fueran jerseis,
"-¡Qué bien vestida vas!", me dicen.
"-¡Qué bien te queda el poema!",
sin saber
que los poemas no son mis vestidos,
sino el esqueleto
extraído con dolor
y colocado encima de la carne como un caparazón,
siguiendo el ejemplo de las tortugas
que así sobreviven
largos e infelices
siglos.
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