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El amante de la China del Norte

Mucho tiempo ella le mira. Luego le dice que alguna vez él tendrá que contarle a su mujer todo lo que ha ocurrido, entre tú y yo, dice, entre su marido y la china del colegio de Sadec. Todo, tendrá que contar, tanto la felicidad como el sufrimiento, tanto la desesperación como la alegría. Ella dice: Para que sea una y otra vez contado por la gente, quinquiera que sea, para que el conjunto de la historia no sea olvidado, que quede algo muy preciso, incluso los nombres de las personas, las calles, los nombres de los colegios, de los cines habría que decir, incluso los cantos de los boys por la noche en Lyautey e incluso los nombres de Hélène Langonelle y el de Thanh, el huérfano de la selva de Siam.
El chino había preguntado por qué a su mujer. ¿Por qué contarle a ella en lugar de a otras?
Ella había dicho: Porque ella, es gracias a su sufrimiento cómo entenderá la historia.
Él había preguntado aún:
-¿Y si no hay dolor?
-Entonces todo quedará olvidado.

El amante

Los besos en el cuerpo hacen llorar. Diríase que consuelan. En familia no lloro. Ese día, en esa habitación, las lágrimas consuelan del pasado y también del futuro. Le digo que un día me separaré de mi madre, que llegará un día en que n isiquiera por mi madre sentiré amor. Lloro. Apoya en mí su cabeza y llora por verme llorar. Le digo que, en mi infancia, la desdicha de mi madre ha ocupado el lugar del sueño. Que el sueño era mi madre y nunca los árboles de Navidad, siempre únicamente ella, ya sea la madre despellejada viva por la pobreza o la que, en todos sus estados, clama en el desierto, ya sea la que busca el alimenta o la que interminable cuenta lo que le ha sucedido a ella, a Marie Legrand de Roubaix, habla de su inocencia, de sus economías, de su esperanza.

El amante

Le pregunto si es normal estar tan tristes como estamos. Dice que es debido a que hemos hecho el amor durante el día, en el momento álgido del calor. Dice que después siempre es terrible. Sonríe. Dice: tanto si se ama como si no se ama, siempre es terrible. Dice que pasará con la noche, tan pronto como llegue la noche. Digo que no sólo es debido a haberlo hecho durante el día, que se equivoca, que estoy inmersa en una tristeza que ya esperaba y que sólo procede de mí. Que siempre he sido triste. Que también percibo esa tristeza en las fotos en las que aparezco siendo niña. Que hoy esta tristeza, aun reconociendo que se trata de la misma que siempre he sentido, se me parece tanto que casi podría darle mi nombre. Hoy, le digo, esta tristeza es un bienestar, el de haber caído, por fin, en una desgracia que mi madre anuncia desde siempre cuando clama en el desierto de su vida. Le digo: no comprendo exactamente lo que mi madre dice, pero sé que esta habitación es lo que yo esperaba. Hablo sin esperar respuesta. Le digo que mi madre grita lo que cree como los enviados de Dios. Grita que no hay que esperar nada, nunca, de ninguna persona, de ningún Estado ni de ningún Dios.

El amante

Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter. Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea, hermosa o bonita, bonita, por ejemplo, para la familia, solamente para la familia no, puedo convertirme en lo que quieren que sea. Y creerlo. Creer, además, que soy encantadora. En cuanto lo creo se convierte en realidad para quienes me ven y desean que sea de una manera acorde con sus gustos, también lo sé. Así, puedo ser encantadora, a conciencia, incluso si estoy atormentada por la estocada a muerte de mi hermano. Para la muerte, una sola cómplice: mi madre. Empleo la palabra encantadora como la empleaban a mi alrededor, alrededor de los niños.

El amante

La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos paisajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía de los períodos claros, de los que estaban clarificados. Aquí hablo de los períodos ocultos de esa misma juventud, de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, confundiendo las cosas, ir en pos de la vanidad y el viento, escribir no es nada. Que desde el momento en que no es, cada vez, confundiendo las cosas en una sola incalificable por esencia, escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano.